Mucho se ha hablado esta semana de la dimisión del experto en cambio climático cuyos mails robados por hackers mostraban que había cometido el típico maquillaje de resultados a la hora de…- Espera!... ¿típico? A qué te refieres con “típico”?
- Pues… a esas pequeñas trampitas que suelen hacer los científicos cuando van a publicar resultados…
- ¿Eso hacen?
- Claro! No pensarás que los científicos son los únicos profesionales completamente honestos del planeta y nunca mienten…
- No puedo creerlo.
- A ver; no estamos hablando de engaños de escándalo, como los del investigador coreano que se sacó de la manga haber obtenido células madre a partir de embriones humanos clonados. O los del físico alemán que entre 2000 y 2001 publicó 15 artículos científicos en Science y Nature, y ganó varios premios como joven investigador destacado antes de que retiraran dichas publicaciones por haberse inventado los datos. De estos fraudes sonados hay pocos y a medio plazo es relativamente fácil detectarlos; en ciencia la confianza no llega hasta la verificación experimental independiente. Yo me estaba refiriendo a pequeños ajustes de fotografías o gráficos, a descartar muestras cuyos valores no encajen del todo con tu hipótesis, a hacer caso omiso de limitaciones metodológicas de tu investigación, a quitar a posteriori algún resultado hasta lograr la mágica expresión “diferencias significativas”… este “fraude de bajo nivel” sí es bastante común. El 2% de científicos admite haber falsificado o inventado datos alguna vez, y el 33% reconoce haber seguido “prácticas de investigación cuestionables” como las comentadas. Estas cifras provienen de un estudio publicado el pasado Mayo en la revista científica Public Library of Science, en el que el autor compiló un elevado número de encuestas a investigadores sobre la honestidad de sus prácticas científicas, e hizo un meta-análisis cuyos resultados fueron dicho 2 y 33 %. Lo curioso del caso es que cuando a los científicos les preguntaban no por ellos mismos, sino por el trabajo de sus colegas, el 14 % decía conocer investigadores que falsificaban o inventaban datos, y el 72% haber observado prácticas cuestionables.
Es difícil valorar estas cifras y saber hasta qué punto reflejan la realidad. Pero la verdad, comparadas con lo que esperaríamos de otras profesiones, y teniendo en cuenta la presión por publicar a la que están sometidos los científicos, continúan pareciendo muy bajas.
- Pues… a esas pequeñas trampitas que suelen hacer los científicos cuando van a publicar resultados…
- ¿Eso hacen?
- Claro! No pensarás que los científicos son los únicos profesionales completamente honestos del planeta y nunca mienten…
- No puedo creerlo.
- A ver; no estamos hablando de engaños de escándalo, como los del investigador coreano que se sacó de la manga haber obtenido células madre a partir de embriones humanos clonados. O los del físico alemán que entre 2000 y 2001 publicó 15 artículos científicos en Science y Nature, y ganó varios premios como joven investigador destacado antes de que retiraran dichas publicaciones por haberse inventado los datos. De estos fraudes sonados hay pocos y a medio plazo es relativamente fácil detectarlos; en ciencia la confianza no llega hasta la verificación experimental independiente. Yo me estaba refiriendo a pequeños ajustes de fotografías o gráficos, a descartar muestras cuyos valores no encajen del todo con tu hipótesis, a hacer caso omiso de limitaciones metodológicas de tu investigación, a quitar a posteriori algún resultado hasta lograr la mágica expresión “diferencias significativas”… este “fraude de bajo nivel” sí es bastante común. El 2% de científicos admite haber falsificado o inventado datos alguna vez, y el 33% reconoce haber seguido “prácticas de investigación cuestionables” como las comentadas. Estas cifras provienen de un estudio publicado el pasado Mayo en la revista científica Public Library of Science, en el que el autor compiló un elevado número de encuestas a investigadores sobre la honestidad de sus prácticas científicas, e hizo un meta-análisis cuyos resultados fueron dicho 2 y 33 %. Lo curioso del caso es que cuando a los científicos les preguntaban no por ellos mismos, sino por el trabajo de sus colegas, el 14 % decía conocer investigadores que falsificaban o inventaban datos, y el 72% haber observado prácticas cuestionables.
Es difícil valorar estas cifras y saber hasta qué punto reflejan la realidad. Pero la verdad, comparadas con lo que esperaríamos de otras profesiones, y teniendo en cuenta la presión por publicar a la que están sometidos los científicos, continúan pareciendo muy bajas.
Via:elpais




En México, 51 por ciento. Entonces, los fondos de retiro de los países latinoamericanos pasaron a ser controlados por grupos empresariales cuya mayoría de acciones, al calor de las privatizaciones, quedaron en manos de consorcios financieros extranjeros. En México: Afore Banamex (Citigroup de Estados Unidos, con 5.9 millones de afiliados), Afore ING (Holanda, 5.3 millones), Afore Bancomer (España, 5.1 millones). Gente que “sabe” y “piensa en nosotros”: si los valores suben, la pensión sube. ¿Y si hay pánico financiero, eso que los “especialistas” llaman “turbulencias”? Lo siento: los fondos acumulados durante la vida activa “desaparecen” en fracción de segundos. Por esto, a raíz de las últimas “turbulencias”, el Consar recomienda a usuarios mantener su Afore: “Hay que esperar a que se recuperen las inversiones y regrese la curva de rendimientos”. Pero, ¿y si no se recuperan, y si no regresa? Mi señora: seamos optimistas. ¿Quién determina los rendimientos y cobro de comisiones? Los propios bancos, faltaba más. ¿Y la Consar? Nada. La Consar se encarga del “diseño de portafolios de inversión” (¿?) y la propaganda: “Las inversiones que realizan los fondos son a largo plazo y las crisis coyunturales pueden ser compensadas con periodos de bonanza a lo largo del tiempo”.
En una excelente y reveladora investigación, la periodista Alba Martínez sostiene que las Afore de México registraron las más altas comisiones en el cobro por manejo de cuentas individuales. En contraste, los rendimientos para los trabajadores bajaron aún más de lo que presentaron a partir de 1997, cuando se “modernizó” el esquema de pensiones con la promesa que los asalariados serían “los principales beneficiados” (Contralínea, No.101, 1/5/08). “En los recientes seis años –dice Martínez– las Afore incorporaron a sus ganancias 25 por ciento de los ahorros de los asegurados. Y es que los trabajadores tienen que pagar unas de las cuotas más altas del mundo para que las Afore les ‘administren’ sus fondos de pensión.”



