Mostrando entradas con la etiqueta hambre. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta hambre. Mostrar todas las entradas

jueves, 7 de mayo de 2009

Pandemias, gripe, mentiras y juegos de video


24.000 personas mueren diariamente de hambre, 3.000 de malaria, 3.500 de tuberculosis, algunas centenares de dengue. Estos son los números de las verdaderas epidemias, pandemias o como se quieran llamar a lo que rodean nuestras vidas y las hacen más inestables.Si buscamos datos de estos desastres que asuelan este mundo injusto en que vivimos podemos quedarnos de piedra: hay poca información porque estas verdaderas epidemias no venden diarios ni inciden en la atención radiofónica de los oyentes ni en la mirada compasiva de los televidentes. No nos preocupan porque no nos afectan. Salvo excepciones la gripe porcina ha provocado un regusto por el sensacionalismo en todos los medios de comunicación. La alerta sanitaria, lógica al producirse en un país tan deficiente desde el punto de vista médico como México, ha sido reconvertida en una amenaza galáctica como si el mundo estuviese a punto de enfrentarse a un virus mutante capaz de convertirnos a todos en primos de los cinematográficos Lobezno y los X men. El circo mediático ha cruzado una vez más la línea del pudor y ha vomitado en los principios básicos del periodismo. En vez de utilizar una vara de medir lógica, la prensa ha jugado a provocar la histeria colectiva. Todo con tal de vender papel, aunque fuese pura basura, mentiras radiofónicas o videos adulterados. Todo con tal de desviar la atención de problemas más graves que nos afectan.
Cada uno de los supuestos muertos por el virus de moda ha tenido más espacio mediático que decenas de miles de muertos por virus antiguos o enfermedades que deberían estar erradicadas si nuestras autoridades políticas o sanitarias tuviesen una pizca de vergüenza. O si nosotros tuviésemos la decencia de protestar por los verdaderos virus de destrucción masiva.
El virus más cansino de la historia ya que parece que sólo le gusta viajar en avión, “sin voluntad asesina”, tal como lo ha definido algún epidemiólogo, ha sido presentado como un criminal en serie dispuesto a matar a un ritmo de película de terror de serie B.
Casi todos los informativos de televisión o de radio o casi todas las crónicas escritas han destacado con ambigüedad calculada cifras adulteradas, casos personales que carecían de interés médico y han escondido las llamadas a la calma de los especialistas más sensatos.
Algunas crónicas parecían copiadas de mediocres novelas de ciencia ficción. Otras empezaban por la anécdota, la sensata idea de que estamos ante un globo hinchado mediático e irresponsable, aparecía perdido o sepultado bajo paladas de verborrea.
El virus le ha venido de perlas al gobierno de nuestra nación. De repente el desastre económico del último año se ha volatilizado. La semana en que se anunció el derrumbe histórico de nuestro producto interior bruto, con cifras de desempleados que mejor ni comentar, todo lo anterios se ha superado con un simulacro interpretado por el virus menos letal de la historia.
A la oposición tampoco le ha disgustado el entretenimiento. Sus crisis internas y sus corruptelas han quedado aparcadas hasta mejores tiempos. En vez de asumir unos previsibles costes políticos se han dedicado a desempolvar la artillería de cara a las elecciones. Otra vez asistiremos al bochornoso espectáculo al que gobierno y oposición nos tienen acostumbrados desde hace varios años cada vez que se acerca una cita electoral.
Más de ocho millones de personas mueren al año de hambre, un millón y medio de paludismo y una cantidad parecida de tuberculosis. 900 millones de seres humanos sufren hambre extrema, más de 52 millones en América Latina.
Y como explica el diario Público en su edición del sábado 300.000 personas mueren al año por enfermedades o virus que “no generan alarma”. Por ejemplo, 70.000 de Leishmaniasis, 50.000 de Cisticercosis, 55.000 de Rabia. Y además las variantes de la gripe causan 3.000 muertos anuales solo en España.

¿Por qué todos estos muertos no tienen derecho a su minuto de gloria? Porque han fallecido fuera de la hora punta de los noticieros y en lugares alejados de nuestras vidas y nuestras conciencias.

Las diez verdaderas pandemias del siglo XXI


El brote de la Gripe A ha conseguido eclipsar al mundo con un balancecreciente de muertos en México y dos casos en EEUU, según la OMS. La prensa internacional se ha unido para provocar una histeria colectiva global. Según los expertos, para desviar la atención de problemas más graves que nos afectan, como la crisis. Paradójicamente, se hace oídos sordos sobre las millones de personas que todavía mueren en el mundo por enfermedades curables. No puede negarse las batallas ganadas en el campo de la salud pública, pero algunas de esas victorias simplemente se han limitado a las naciones más ricas. Si las cuentas no fallan, en países en vías de desarrollo siguen muriendo al día de hambre 24.000 personas, 3.000 de malaria, 3.500 de tuberculosis y casi 7.000 se infectan de sida. Las farmacéuticas no invierten en el tratamiento de estos males porque no les aporta beneficios directos. Una conducta irresponsable también contribuye a la propagación de estas enfermedades. El ejemplo más dantesco es el sida, que se contagia mediante fluidos corporales. Se ha calculado que, desde el año 2000 hasta 2020 unos 68 millones de personas morirán. En los 25 años anteriores, ya mató a más de 27 millones de seres humanos. Presentamos algunos detalles de diez de los brotes y amenazas más extendidos en el mundo.

1. Hambre

Según Naciones Unidas, cada cinco segundos muere un niño de hambre al mismo tiempo que uno de cada cinco niños en Estados Unidos es obeso. 10 millones de personas mueren al año de hambre o las enfermedades que provocan y acentúan la malnutrición. Paradójicamente, el mundo produce comida más que suficiente para todos los seres humanos. El presupuesto total mundial que dan los gobiernos de los países ricos para el desarrollo de los países pobres es de 50.000 millones de dólares al año. El hambre, que mata directa o indirectamente a nueve veces más personas al día de las que murieron en las Torres Gemelas de Nueva York, es la manifestación mas extrema posible del fracaso humano.

2. Sida

Unas 33 millones de personas viven con VIH, que se contagia mediante fluidos corporales. Se ha calculado que, desde el año 2000 hasta 2020, unos 68 millones de personas morirán. En los 25 años anteriores, ya mató a más de 27 millones de seres humanos. También casi 7.000 personas se infectan al día de sida, 1.400 menores de 15 años mueren de la enfermedad y el mismo número de niños quedan huérfanos por el mismo motivo. Se ha comprobado que casi todos los infectados con el virus que provoca el sida viven en países en desarrollo.

3. Tuberculosis

Un tercio de la población mundial (más de 2.000 millones de personas) está infectado con la bacteria que produce la tuberculosis, una enfermedad que afecta fundamentalmente los pulmones. Unas nueve millones de personas desarrollan la condición cada año cuando sus sistemas inmunes se debilitan, normalmente por enfermedad o embarazo. En 2007, 1,3 millones de personas murieron por tuberculosis en personas sin sida. Normalmente es una enfermedad que puede tratarse con antibióticos, pero las formas resistentes a los fármacos complican y encarecen mucho la terapia.

4. Malaria

Casi la mitad de la población, unos 3.300 millones de habitantes, corren el riesgo de desarrollar esta dolencia tropical que se transmite entre las personas a través de los mosquitos. Anualmente cerca de un millón de personas mueren por esta causa, o por el paludismo, en su mayoría niños menores de cinco años. Los grupos más vulnerables son los niños, las mujeres embarazadas, los viajeros, los refugiados y los trabajadores que migran a zonas endémicas.

5. Gripe normal

La gripe estacional normal se instala en el cuerpo de entre 3 y 5 millones de personas anualmente en todo el mundo. Entre 250.000 y 500.000 mueren a consecuencia de ella. La mayoría, otra vez, en economías desarrolladas. En el siglo XX ha habido tres brotes pandémicos de gripe: en 1918, en 1957 y en 1968, conocidas como la gripe española, asiática y hongkonesa. Unos 50 millones murieron durante el primer brote, 2 millones fallecieron en el segundo y entre 1 y 3 lo hicieron en el tercero. En España, el año pasado murieron 73 personas de gripe estacional normal.

6. Cólera

El cólera es una infección diarreica aguda que suele expandirse mayormente en las zonas con agua contaminada e inundaciones y escasa higiene. Puede provocar la muerte de adultos saludables en horas por deshidratación. La Organización Mundial de la Salud avisó de que millones de personas probablemente se infectan con cólera cada año. Seguramente una cifra diez veces superior a los casos oficialmente informados por los países. Una de cada dos personas moriría sin tratamiento con sales de rehidratación o antibióticos.
Recientemente, más de 4.000 personas han muerto por una epidemia de cólera en Zimbawe y una cifra algo menor en Irak. En ambos casos, las fuentes de agua contaminada fueron las responsables.

7. Hepatitis B y C

Es una infección viral que ataca al hígado y de la cual se ha infectado unos dos millones de personas en todo el mundo, 600.000 de las cuales no consigue sobrevivir al año. Se expande como el sida pero, para diferenciarse, puede sobrevivir fuera del cuerpo por al menos siete días y se previene a través de la vacunación. La Hepatitis C infecta a entre 3 y 4 millones de personas al año, fundamentalmente por contacto directo con sangre. No existe vacuna contra esta forma, que es una de las principales causas de hepatitis aguda y enfermedades hepáticas crónicas como la cirrosis y el cáncer de hígado.

8. Fiebre del dengue

Se ha denominado la enfermedad tropical más extendida después de la malaria y también se transmite a través de los mosquitos. En su forma más severa, puede generar hemorragia y muerte. Unos 2.500 millones de personas, dos quintos de la población, corren riesgo por la enfermedad, endémica en más de cien países. Según la OMS, las zonas urbanas en regiones tropicales y subtropicales son las que más riesgo corren de infectar a unos 50 millones de personas al año, que no cuentan con tratamiento específico para su curación.

9. Fiebre amarilla

Fue llamada así por la ictericia que causa en algunos pacientes. Es una condición viral que provoca la muerte de 82 personas al día. Unos 33 países africanos, con una población conjunta de más de 500 millones de personas, están en riesgo. También es endémica en nueve países sudamericanos y varias islas del Caribe. Según la OMS, los estados de más riesgo son Bolivia, Brasil, Colombia, Ecuador y Perú.

10. Meningitis

Es una infección bacteriana potencialmente letal de la cubierta que rodea al cerebro y la médula espinal. La meningitis es más común en África subsahariana, donde un brote provocó más de 25.000 decesos en 1996. Existen vacunas para prevenirla y varios grupos de ayuda trabajan para aumentar su disponibilidad en las zonas de alto riesgo. Unicef ha declarado hace poco que más de 2.500 personas han muerto por al enfermedad en Nigeria, Níger, Burkina Faso y Chad desde comienzos de 2009. Hasta el 20% de las personas que sobrevive a la meningitis sufre daño cerebral, pérdida de audición o problemas de aprendizaje. Se contagia a través de besos, estornudos, tos o compartiendo utensilios de cocina y vasos.

miércoles, 7 de enero de 2009

Angeles de la soledad

Hoy no va a ser un día fácil, mucho trabajo, en lugares muy distantes y con calor, estoy en casa disfrutando de mi confort, y escuchando algo de Rock. Las 10:20 de la mañana y se puede decir que el día está empezando en esta familia, las 10:20 de la mañana… suena el timbre. “Don… tiene algo para darme para comer”…...........................................
Desde lo alto veo las tres caritas, las conozco, no es la primera vez que vienen a casa en busca de algo que les llene el estómago. Saben, de sobra, que nunca les vamos a decir que no, a nadie se le niega la comida y menos, cuando entre los 3 no suman 25 años.
Comienza el operativo, tres chocolatadas, galletitas y tres juguitos de naranja “para el viaje”, todo rápido mientras ellos esperan sentados en la vereda. No, no entran a casa, son varios los motivos, pero uno de ellos es la vergüenza que siento al mostrarles un mundo de juguetes y cosas que no pueden tener. El resto de los motivos son más importantes, pero son míos.
Una vez en la puerta me siento con ellos y hablamos un rato de la vida, de su vida, los tres vasos se vacían más rápido de lo que se llena mi alma, son muy divertidos realmente, y tienen salidas que me hacen reír y me alegran la mañana. Comen, toman, se los ve felices… están felices.
Me cuentan que con el calor se les hace muy difícil caminar y buscar cosas para llevar a casa, sobre todo, cuando el estómago y la garganta están vacíos… pero todos los días “antes que salga el sol” ya están en la calle trabajando. El más grande tiene 9 años, nueve gastados y duros años, la nena, tan solo 7 y el más peque solo 5… ahí va, travieso, sucio y despreocupado, él solo quiere jugar, es lo único que le importa. Pero carga igual con una bolsa que es más pesada que su cuerpo.
Ya se fueron. entro a casa y veo los regalos que los reyes dejaron por ahi tirados por el comedor… veo mi refri lleno… me veo a mi, que a diferencia de muchos no salgo temprano de casa en este dia. Pero siempre me quedo triste. Ellos no tienen la vida que se merecen, pero tienen, aunque sea por un rato. La sonrisa de quien tiene su panza llena.
Me amargo al comprender, que no puedo hacer más por ellos, y por los cientos que invaden las calles de esta puta ciudad… donde esto ya es parte del paisaje.
Via y modificado de:tumbadito

jueves, 10 de julio de 2008

Una contradicción muy gorda

La humanidad produce actualmente más alimentos que en toda su historia, y sin embargo una cifra superior al diez por ciento de la población padece hambre. El hambre de esos 800 millones de personas ocurre al mismo tiempo que otro récord histórico: mil millones de seres humanos sufren hoy en día sobrepeso.El hambre y el sobrepeso globales son síntomas de un mismo problema. Es más, el camino que podría conducirnos a erradicar el hambre del mundo serviría de paso para prevenir las epidemias globales de diabetes y afecciones cardíacas, y para hacer frente a un montón de males medioambientales y sociales. Los obesos y los famélicos están vinculados entre sí por las cadenas de producción que llevan los alimentos desde el campo hasta nuestra mesa. Guiadas por su obsesión por los beneficios, las grandes corporaciones que nos venden comida delimitan y constriñen nuestra forma de comer y nuestra manera de pensar sobre la comida. En los puntos de venta de la comida rápida es donde con mayor claridad se ven las actuales limitaciones, pues allí apenas podemos elegir entre el McNugget y el McMuffin. Pero aun cuando creemos encontrarnos lejos del ámbito de Ronald McDonald también hay limitaciones ocultas y sistémicas.Incluso cuando queremos comprar algo sano, algo que nos mantenga alejados del médico, estamos atrapados por el propio sistema que ha creado las "Fast Food Nations" [Países de Comida Rápida, en alusión al libro homónimo de Eric Schlosser]. Intente, por ejemplo, comprar manzanas. En los supermercados de Norteamérica y de Europa, las elecciones están restringidas a media docena de variedades: Fuji, Braeburn, Granny Smith, Golden Delicious y quizá un par más. ¿Por qué éstas? Porque son atractivas: nos gusta su piel lustrada e inmaculada, y tienen un sabor que, para la mayoría del público, es inobjetable; pero también porque soportan ser transportadas a través de largas distancias y su piel no se daña si son sacudidas en el trayecto desde el huerto hasta la góndola; además, toleran las técnicas de lustrado y los compuestos que permiten el transporte y que las mantienen atractivas en los estantes, son fáciles de cosechar y responden bien a los pesticidas y a la producción industrial. Éstas son las razones por las cuales nunca encontraremos manzanas Calville Blanc, Black Oxford, Zabergau Reinette, Kandil Sinap o las antiguas y venerables Rambo en los estantes. No somos nosotros los que elegimos por nuestra cuenta porque, ni siquiera en el súper, no elaboramos nuestro menú a partir de lo que nosotros elegimos, o de la estación o el país en que nos encontramos, ni por la amplísima variedad de manzanas existente, ni por la amplísima gama de alimentos y sabores existentes, sino sometiéndonos al poder de las empresas de la alimentación.Los intereses de las empresas que producen alimentos tienen ramificaciones que van mucho más allá de lo que nos ofrecen los estantes del súper. Son esos intereses lo que huele a podrido en el corazón mismo del sistema alimentario actual. Demostrar que la habilidad sistémica de unos pocos afecta a la salud de la mayoría requiere una investigación global que implica viajar desde los "desiertos verdes" de Brasil hasta la arquitectura de la ciudad contemporánea, y moverse a través de la historia desde la época de los primeros cultivos hasta la batalla de Seattle. Es una pesquisa que descubre las verdaderas causas de las hambrunas en Asia y en África, por qué hay una epidemia mundial de suicidios entre los agricultores, por qué ya no sabemos qué contiene nuestra comida, por qué en Estados Unidos los afroamericanos presentan mayor tendencia al sobrepeso que los norteamericanos blancos, por qué hay vaqueros en el sur de Los Ángeles y cómo el movimiento social más grande del mundo está descubriendo maneras, a mayor o menor escala, de que pensemos y vivamos de un modo distinto respecto a la comida.La forma de comer alternativa a como lo hacemos actualmente promete solucionar el tema del hambre y las enfermedades relacionadas con la dieta mediante una manera de nutrirnos y de cultivar alimentos ecológicamente sostenible y socialmente justa. Entender qué problemas plantea el modo en que se cultivan los alimentos y cómo se ingieren también ofrece la clave para una mayor libertad y un camino para recuperar el placer de comer. Tan urgente es la tarea como enorme el premio.En todos los países, las contradicciones entre la obesidad, el hambre, la pobreza y la riqueza se están agudizando cada vez más. Por ejemplo, la India ha destruido millones de toneladas de cereales permitiendo que se pudran en silos mientras que la calidad de los alimentos que comen los indios pobres es la peor desde la independencia, en 1947. En el año 1992, en los mismos pueblos y aldeas donde la malnutrición había comenzado a atacar a las familias más pobres, el gobierno indio permitió que se colaran en su sitema económico, hasta entonces muy protegido, los fabricantes de refrescos extranjeros y multinacionales de la alimentación. En el plazo de una década, la India ha logrado la mayor concentración de diabéticos del mundo: personas -muy a menudo niños- cuyos cuerpos se han quebrado bajo el peso del consumo excesivo de alimentos inadecuados.La India no es el único país que padece estos contrastes. Son globales, y están presentes incluso en el país más rico del mundo. En 2005, en Estados Unidos 35,1 millones de personas no sabían si iban a poder pagarse la siguiente comida.1 Y esto coincide con el momento en que hay en Estados Unidos más comida que nunca en su historia, y también mayor número de personas aquejadas por dolencias relacionadas con la alimentación.Resulta fácil acostumbrarse a esta contradicción; su versión cotidiana sólo provoca una desazón pasajera cuando, de camino a los supermercados llenos de comida a reventar, nos cruzamos con carteles que nos hablan de gente "hambrienta" y "sin techo". Hay excusas morales que sirven para calmar a una conciencia atormentada: los pobres tienen hambre porque son perezosos, o los ricos son gordos porque comen alimentos que engordan. Esta clase de sabiduría popular es muy antigua. De alguna forma, todas las culturas han comprendido que nuestros cuerpos son libros contables donde queda registrado el catálogo de nuestros vicios privados. Sin embargo, las frases inculpatorias no nos sirven para comprender las razones por las cuales hemos llegado a una situación inédita en la que hambre, abundancia y obesidad son más compatibles que en toda nuestra historia.La condena moral sólo funcionaría si los afectados hubiesen podido hacer las cosas de forma diferente, si hubiesen tenido opciones. La prevalencia del hambre y de la obesidad afecta a la gente con demasiada regularidad y en demasiados lugares distintos como para que sean consecuencia de algún defecto personal. En parte, nuestro juicio yerra de forma tan notable debido a que todavía interpretamos los cuerpos a la manera antiintroducción gua, sin darnos cuenta de que los tiempos han cambiado. Aunque en algún momento fuese cierta, la suposición de que tener sobrepeso es ser rico ya no es válida: la obesidad no puede explicarse exclusivamente como la maldición de la opulencia individual. Hay rasgos sistémicos que marcan la diferencia. Por ejemplo en México, un país en desarrollo con unos ingresos medios de 6.000 dólares anuales, hay más adolescentes gordos que nunca, aunque el número de mexicanos pobres aumenta. La riqueza individual no explica por qué los hijos de algunas familias son más obesos que otros: el factor crucial no son los ingresos, sino la proximidad con la frontera de Estados Unidos. Cuanto más cerca viva una familia mexicana de sus vecinos del norte y de sus hábitos de comida procesadarica en grasas y en azúcar, más sobrepeso sufrirán los niños de esa familia. Que la geografía tenga tanta importancia desmiente la idea de que la elección personal es la clave para prevenir la obesidad o, del mismo modo, prevenir el hambre. Y sirve para retomar el lamento de Porfirio Díaz, el dictador de México a finales del siglo xix: "¡Pobre México! Tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos".Uno de los efectos perversos del modo en que nos llega la comida a la mesa consiste en que ahora existe la posibilidad de que padezcan obesidad personas que carecen de los medios necesarios para comprarse alimentos. Los niños que se crían malnutridos en las favelas de São Paulo, por ejemplo, sufren mayor riesgo de obesidad cuando llegan a adultos. Sus cuerpos, afectados por la pobreza de la niñez, metabolizan y almacenan mal los alimentos, por lo que presentan mayor riesgo de retener como grasa la comida de mala calidad a la que tienen acceso. A lo largo y ancho del planeta, los pobres no pueden permitirse comer bien, y esto es cierto incluso en el país más rico del mundo: en Estados Unidos son los niños quienes sufren las consecuencias. Un equipo de investigación indicó recientemente que, si persisten los actuales modelos de consumo, los niños norteamericanos de hoy vivirán cinco años menos, debido a las enfermedades relacionadas con la dieta a las que estarán expuestos en el transcurso de sus vidas.En cuanto consumidores, se nos incita a pensar que un sistema económico basado en la elección individual nos salvará de los males comunes del hambre y la obesidad. Sin embargo, es precisamente la "libertad de elección" la que ha incubado estos males. Aquellos que pueden dirigirse al súper se quedan pasmados ante la posibilidad de escoger entre cincuenta marcas de cereales azucarados, media docena de tipos de leche que sabe a tiza, estantes de panes tan saturados de productos químicos que nunca se pudrirán y estantes repletos de productos cuyo ingrediente principal es el azúcar. Por ejemplo, los niños británicos tienen la posibilidad de escoger entre veintiocho marcas de cereales para el desayuno cuyo marketing está dirigido directamente a ellos. El contenido de azúcar de veintisiete de éstos excede las recomendaciones del gobierno. Nueve cereales para niños tienen un contenido de azúcar del 40 por ciento. Así pues, no es para nada sorprendente que en Reino Unido el 8,5 por ciento de los niños de seis años y más de uno de cada diez chicos de quince años sean obesos. Y los niveles están aumentando. El ejemplo de los cereales para el desayuno es un signo de un rasgo sistémico más amplio: las corporaciones que producen alimentos tienen todos los incentivos para vender comida sometida a un procesamiento que la hace más rentable, aunque menos nutritiva. Por cierto, esto también explica por qué hay a la venta muchas más variedades de cereales para el desayuno que de manzanas.Nuestras opciones tienen límites naturales. Por ejemplo, la gente está dispuesta a comer un número limitado de frutas, hortalizas y animales disponibles en la naturaleza. Pero incluso en este caso, un poco de publicidad nos puede persuadir a expandir el alcance de nuestras opciones. Pensemos en el kiwi, que hace mucho era conocido como la grosella china: para adecuarse a los prejuicios de la guerra fría la empresa de Nueva Zelanda que lo lanzó al mercado a finales de los años cincuenta le cambió el nombre. Era un sabor con el que nadie se había criado, aunque ahora parece que siempre haya existido. Y mientras agregan lentamente nuevos alimentos naturales a nuestros menús, la industria alimentaria suma todos los años decenas de miles de nuevos productos a los expositores, algunos de los cuales se convierten en elementos indispensables hasta tal punto que, después de una generación, no se puede pensar en vivir sin ellos. Esto es un signo de cuán limitada puede ser nuestra imaginación gastronómica, y también de que no estamos totalmente seguros de cómo, de dónde o por qué ciertos alimentos llegan a nuestra mesa.
Por :por Raj Patel