lunes, 14 de julio de 2008

DeBakey invetor del 'by pass' fallece a los 99 años

AGENCIAS ELMUNDO.ES /HOUSTON Más de 60.000 operaciones cardiacas, técnicas revolucionarias, ilustres pacientes... Durante más de siete décadas, Michael DeBakey desarrolló una serie de procedimientos quirúrgicos, hoy en día comunes para tratar dolencias coronarias, que llevaron a muchos a considerarlo el padre de la cirugía cardiovascular moderna. DeBakey ha fallecido a los 99 años.
"Ha mejorado la salud humana y marcó las vidas de las generaciones futuras" dijo Ron Girotto, presidente del sistema del Hospital Metodista de Houston. Este hospital y el centro docente Baylor College of Medicine, donde el galeno desarrolló gran parte de su carrera, han anunciado que DeBakey murió el viernes por causas naturales.
De Bakey formó a miles de cirujanos durante su carrera, fue un gran cirujano y, sobre todo, un ingenioso inventor de técnicas y dispositivos médicos. La innovación más famosa de este cirujano fue la operación de 'by pass' coronario para destapar arterias obstruidas (una especie de puente que 'sortea' la obstrucción del vaso), que realizó por primera vez en 1964, usando venas de la pierna para hacer un 'puente' ('by pass', en inglés) sobre las áreas bloqueadas o dañadas entre la aorta y las arterias coronarias.
DeBakey había empezado a desarrollar su 'magia' de niño, aprendiendo a coser de manos de su madre, una virtuosa costurera. Más tarde, DeBakey contaría que se dedicó a la cirugía "porque quería poner en práctica la destreza manual que desarrollé de niño".
DeBakey, nacido en Louisiana de padres inmigrantes libaneses, aún era estudiante de la Tulane University en Nueva Orleans cuando en 1932 creó una bomba de infusión, un componente fundamental de la máquina corazón-pulmón. Este artilugio es el que permite seguir bombeando la sangre cuando se realiza una operación a corazón abierto.
Durante la Segunda Guerra Mundial, trabajó en la oficina del Surgeon General (la máxima autoridad en salud pública en EEUU), donde se le atribuyó el desarrollo de los hospitales quirúrgicos móviles del Ejército (las célebres unidades MASH) que acercaron la atención médica al campo de batalla y aceleraron el tratamiento de soldador heridos.
En los 50, volvió a echar mano de sus destrezas costureras y, utilizando la máquina de coser de su mujer, creó en 1953 los primeros injertos artificiales para reparar arterias con un nuevo material, el Dracon.
Durante las décadas de los 50 y los 60, DeBakey realizó pioneras cirugías, como la primera reparación de una obstrucción en la arteria carótida (1950), el primer by pass aorto.coronario (1964) y algunos de los primeros trasplantes de corazón que se hacían en EEUU (entre 1968 y 69).
DeBakey se convirtió en una celebridad médica en aquellos años, cuando los cirujanos desarrollaron tratamientos como trasplantes de corazón, que capturaron el interés de la prensa y el público. En mayo de 1965, apareció en la portada de la revista Time y su popularidad creció. Las celebridades enfermas y los líderes mundiales acudían a DeBakey en busca de tratamiento. Desde actores como Marlene Dietrich y Jerry Lewis hasta el armador Aristoteles Onasis se convirtieron en sus pacientes. DeBakey conoció a su segunda mujer en una fiesta en casa de Frank Sinatra.
DeBakey tenía una cordial relación con el presidente estadounidense Lyndon Johnson, quien le pidió que fuese su secretario de Salud, Educación y Bienestar. DeBakey declinó la oferta pero convenció a Johnson para que aprobase el programa Medicare (un programa de atención sanitaria estatal para personas mayores, un 'oasis' en la sanidad privada de EEUU). Johnson también fue paciente de DeBakey, quien le examinaba en escapadas secretas a Houston. En realidad, durante el último medio siglo fue asesor de casi todos los presidentes de EEUU.
El galeno tuvo una famosa rivalidad con otra 'super-estrella', el cirujano cardiaco Denton Cooley, de Houston. Habían trabajado juntos en los años 50, pero se distanciaron cuando Cooley logró reconocimiento mundial por implantar el primer corazón artificial en un humano, en 1969. DeBakey dijo que el dispositivo era idéntico a uno en el que estaba trabajando y que lo había utilizado sin su permiso.
La contienda entre los dos cirujanos fue difundida en un gran reportaje de la revista Life, si bien en noviembre de lado pasado, anunciaron que se habían reconciliado. En sus últimos años, DeBakey se erigió en uno de los grandes defensores de la necesidad de hacer investigación animal, oponiéndose a los grupos que defienden que son investigaciones crueles e innecesarios. También fue un defensor de la atención sanitaria a veteranos de guerra y, de hecho, el hospital de veteranos de Houston lleva su nombre.
Siendo ya nonagenario, trabajaba aún diariamente, haciendo las rondas en el Hospital Metodista de Houston y en el Baylor College of Medicine, donde era rector emérito. A lo largo de su carrera, el cirujano recibió numerosos premios, incluida la Medalla de Oro del Congreso en abril de este año, por sus logros en medicina.

Trasplante de retina

Las células retinianas, tomadas de fetos abortados, fueron implantadas en 10 personas afectadas por retinitis pigmentosa y degeneración macular relacionada con la edad.
El estudio, publicado por la revista American Journal of Ophthalmology, encontró que siete de ellos tenían -aunque todavía seriamente deteriorada-, una mejor visión.
Pero un experto británico dijo que los resultados no muestran que el trasplante haya sido altamente exitoso.
La retinitis pigmentosa y la degeneración macular relativa a la edad son las causas más comunes de la ceguera en la vejez, que implican la destrucción gradual, y normalmente irreversible, de las células que reciben la luz en la retina del ojo.

La técnica utilizada por el equipo de la Universidad de Louisville, Kentucky, consiste en implantar las células retinianas fetales junto con las células que tienen el trabajo de alimentarlas, con la esperanza de que las nuevas células unirán sus fuerzas con las células retinianas existentes, para mejorar la visión en su conjunto.
Norman Radtke, director del proyecto, dijo que las pruebas de visión no mostraron cambios en tres de los diez pacientes, pero que en los demás hubo una leve mejoría.
En un caso, esta mejoría seguía presente seis años después de la operación, aunque el otro ojo del paciente había continuado deteriorándose.
Sin embargo, las mejoras eran solamente modestas y la visión era mucho menor que la visión normal.
"Lo que hemos aprendido nos ayudará a refinar este método y a obtener evidencia adicional de que los trasplantes retinianos pueden ser una terapia viable para la enfermedad degenerativa de la retina", dijo Radtke.

Sin embargo, Pete Coffey, del University College London Institute of Ophthalmology, dijo que los resultados no sugieren una mejora significativa de la visión.
"No puedo decir que esto es un éxito, excepto en cuanto que las células no provocaron una reacción inmune en el recipiente."
Coffey dijo que nadie todavía ha logrado realizar un trasplante completo y acertado, que él describió como el "santo grial" en el campo de la oftalmología.
También aseguró que el uso de células fetales es poco práctico, tanto por razones éticas como por su escasez.
"A diferencia de una línea de células madre, cada vez que se necesiten nuevas células, se requerirá otro feto."

viernes, 11 de julio de 2008

Hipertimesia

Brad Williams recuerda con detalle los últimos cuarenta años de su vida y responde a las preguntas que le formulan sus oyentes más deprisa que el buscador Google.Este periodista radiofónico norteamericano goza de una memoria personal tan prodigiosa que es capaz de convertir el pasado en presente sin que le suponga ningún esfuerzo, mientras intenta comprender ex­trañado por qué sus amigos y familiares tienen un mecanismo en el cerebro que les permite olvidar. Hace años, Ireneo Funes tuvo un problema parecido. Guardaba sin descanso millones de fotogramas en la cabeza, hasta que determinó reducir su vida a unos setenta mil recuerdos. Iba a empezar la tarea, cuando descubrió que llegaría la hora de la muerte y aún no habría terminado de clasificar los mejores momentos de la infancia. Ireneo es el protagonista de un relato de ficción que el escritor argentino Jorge Luis Borges escribió en 1942. En cambio, Brad es un hombre que se ha hecho famoso en Estados Unidos tras el estudio científico realizado por los doctores James L. McGaugh y Larry Cahill, del Centro de Neurobiología del Aprendizaje y la Memoria de la Universidad de Irvine (California). Brad nunca imaginó que le diagnosticarían una afección inaudita y sorprendente, hipertimesia. “Los investigadores me interrogaron durante 40 minutos sobre acontecimientos de mi pasado, fui sometido a tests de memoria y me escanearon la cabeza para explorarla mediante imágenes digitalizadas. Planean estudiar mi caso detenidamente en un futuro próximo, sin recurrir a las pruebas genéticas. Disfruto de la fama, aunque no soy tan popular como Tom Cruise o Britney Spears”, comenta. Esta historia empezó el lunes 27 de marzo de 2006, cuando Eric Williams, hermano pequeño de Brad, leyó en la página web de la cadena de televisión ABC una noticia que le resultó familiar. Se trataba de AJ (su nombre es Jill Price, pero prefirió conservar el anonimato. Véase el recuadro), una mujer norteamericana de 41 años, que rememoraba todo lo que había hecho desde 1974. Podías preguntarle la fecha de un acontecimiento histórico significativo y ella respondía rápida y correctamente. Sus familiares y amigos la llamaban “el calendario humano”.

jueves, 10 de julio de 2008

Una contradicción muy gorda

La humanidad produce actualmente más alimentos que en toda su historia, y sin embargo una cifra superior al diez por ciento de la población padece hambre. El hambre de esos 800 millones de personas ocurre al mismo tiempo que otro récord histórico: mil millones de seres humanos sufren hoy en día sobrepeso.El hambre y el sobrepeso globales son síntomas de un mismo problema. Es más, el camino que podría conducirnos a erradicar el hambre del mundo serviría de paso para prevenir las epidemias globales de diabetes y afecciones cardíacas, y para hacer frente a un montón de males medioambientales y sociales. Los obesos y los famélicos están vinculados entre sí por las cadenas de producción que llevan los alimentos desde el campo hasta nuestra mesa. Guiadas por su obsesión por los beneficios, las grandes corporaciones que nos venden comida delimitan y constriñen nuestra forma de comer y nuestra manera de pensar sobre la comida. En los puntos de venta de la comida rápida es donde con mayor claridad se ven las actuales limitaciones, pues allí apenas podemos elegir entre el McNugget y el McMuffin. Pero aun cuando creemos encontrarnos lejos del ámbito de Ronald McDonald también hay limitaciones ocultas y sistémicas.Incluso cuando queremos comprar algo sano, algo que nos mantenga alejados del médico, estamos atrapados por el propio sistema que ha creado las "Fast Food Nations" [Países de Comida Rápida, en alusión al libro homónimo de Eric Schlosser]. Intente, por ejemplo, comprar manzanas. En los supermercados de Norteamérica y de Europa, las elecciones están restringidas a media docena de variedades: Fuji, Braeburn, Granny Smith, Golden Delicious y quizá un par más. ¿Por qué éstas? Porque son atractivas: nos gusta su piel lustrada e inmaculada, y tienen un sabor que, para la mayoría del público, es inobjetable; pero también porque soportan ser transportadas a través de largas distancias y su piel no se daña si son sacudidas en el trayecto desde el huerto hasta la góndola; además, toleran las técnicas de lustrado y los compuestos que permiten el transporte y que las mantienen atractivas en los estantes, son fáciles de cosechar y responden bien a los pesticidas y a la producción industrial. Éstas son las razones por las cuales nunca encontraremos manzanas Calville Blanc, Black Oxford, Zabergau Reinette, Kandil Sinap o las antiguas y venerables Rambo en los estantes. No somos nosotros los que elegimos por nuestra cuenta porque, ni siquiera en el súper, no elaboramos nuestro menú a partir de lo que nosotros elegimos, o de la estación o el país en que nos encontramos, ni por la amplísima variedad de manzanas existente, ni por la amplísima gama de alimentos y sabores existentes, sino sometiéndonos al poder de las empresas de la alimentación.Los intereses de las empresas que producen alimentos tienen ramificaciones que van mucho más allá de lo que nos ofrecen los estantes del súper. Son esos intereses lo que huele a podrido en el corazón mismo del sistema alimentario actual. Demostrar que la habilidad sistémica de unos pocos afecta a la salud de la mayoría requiere una investigación global que implica viajar desde los "desiertos verdes" de Brasil hasta la arquitectura de la ciudad contemporánea, y moverse a través de la historia desde la época de los primeros cultivos hasta la batalla de Seattle. Es una pesquisa que descubre las verdaderas causas de las hambrunas en Asia y en África, por qué hay una epidemia mundial de suicidios entre los agricultores, por qué ya no sabemos qué contiene nuestra comida, por qué en Estados Unidos los afroamericanos presentan mayor tendencia al sobrepeso que los norteamericanos blancos, por qué hay vaqueros en el sur de Los Ángeles y cómo el movimiento social más grande del mundo está descubriendo maneras, a mayor o menor escala, de que pensemos y vivamos de un modo distinto respecto a la comida.La forma de comer alternativa a como lo hacemos actualmente promete solucionar el tema del hambre y las enfermedades relacionadas con la dieta mediante una manera de nutrirnos y de cultivar alimentos ecológicamente sostenible y socialmente justa. Entender qué problemas plantea el modo en que se cultivan los alimentos y cómo se ingieren también ofrece la clave para una mayor libertad y un camino para recuperar el placer de comer. Tan urgente es la tarea como enorme el premio.En todos los países, las contradicciones entre la obesidad, el hambre, la pobreza y la riqueza se están agudizando cada vez más. Por ejemplo, la India ha destruido millones de toneladas de cereales permitiendo que se pudran en silos mientras que la calidad de los alimentos que comen los indios pobres es la peor desde la independencia, en 1947. En el año 1992, en los mismos pueblos y aldeas donde la malnutrición había comenzado a atacar a las familias más pobres, el gobierno indio permitió que se colaran en su sitema económico, hasta entonces muy protegido, los fabricantes de refrescos extranjeros y multinacionales de la alimentación. En el plazo de una década, la India ha logrado la mayor concentración de diabéticos del mundo: personas -muy a menudo niños- cuyos cuerpos se han quebrado bajo el peso del consumo excesivo de alimentos inadecuados.La India no es el único país que padece estos contrastes. Son globales, y están presentes incluso en el país más rico del mundo. En 2005, en Estados Unidos 35,1 millones de personas no sabían si iban a poder pagarse la siguiente comida.1 Y esto coincide con el momento en que hay en Estados Unidos más comida que nunca en su historia, y también mayor número de personas aquejadas por dolencias relacionadas con la alimentación.Resulta fácil acostumbrarse a esta contradicción; su versión cotidiana sólo provoca una desazón pasajera cuando, de camino a los supermercados llenos de comida a reventar, nos cruzamos con carteles que nos hablan de gente "hambrienta" y "sin techo". Hay excusas morales que sirven para calmar a una conciencia atormentada: los pobres tienen hambre porque son perezosos, o los ricos son gordos porque comen alimentos que engordan. Esta clase de sabiduría popular es muy antigua. De alguna forma, todas las culturas han comprendido que nuestros cuerpos son libros contables donde queda registrado el catálogo de nuestros vicios privados. Sin embargo, las frases inculpatorias no nos sirven para comprender las razones por las cuales hemos llegado a una situación inédita en la que hambre, abundancia y obesidad son más compatibles que en toda nuestra historia.La condena moral sólo funcionaría si los afectados hubiesen podido hacer las cosas de forma diferente, si hubiesen tenido opciones. La prevalencia del hambre y de la obesidad afecta a la gente con demasiada regularidad y en demasiados lugares distintos como para que sean consecuencia de algún defecto personal. En parte, nuestro juicio yerra de forma tan notable debido a que todavía interpretamos los cuerpos a la manera antiintroducción gua, sin darnos cuenta de que los tiempos han cambiado. Aunque en algún momento fuese cierta, la suposición de que tener sobrepeso es ser rico ya no es válida: la obesidad no puede explicarse exclusivamente como la maldición de la opulencia individual. Hay rasgos sistémicos que marcan la diferencia. Por ejemplo en México, un país en desarrollo con unos ingresos medios de 6.000 dólares anuales, hay más adolescentes gordos que nunca, aunque el número de mexicanos pobres aumenta. La riqueza individual no explica por qué los hijos de algunas familias son más obesos que otros: el factor crucial no son los ingresos, sino la proximidad con la frontera de Estados Unidos. Cuanto más cerca viva una familia mexicana de sus vecinos del norte y de sus hábitos de comida procesadarica en grasas y en azúcar, más sobrepeso sufrirán los niños de esa familia. Que la geografía tenga tanta importancia desmiente la idea de que la elección personal es la clave para prevenir la obesidad o, del mismo modo, prevenir el hambre. Y sirve para retomar el lamento de Porfirio Díaz, el dictador de México a finales del siglo xix: "¡Pobre México! Tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos".Uno de los efectos perversos del modo en que nos llega la comida a la mesa consiste en que ahora existe la posibilidad de que padezcan obesidad personas que carecen de los medios necesarios para comprarse alimentos. Los niños que se crían malnutridos en las favelas de São Paulo, por ejemplo, sufren mayor riesgo de obesidad cuando llegan a adultos. Sus cuerpos, afectados por la pobreza de la niñez, metabolizan y almacenan mal los alimentos, por lo que presentan mayor riesgo de retener como grasa la comida de mala calidad a la que tienen acceso. A lo largo y ancho del planeta, los pobres no pueden permitirse comer bien, y esto es cierto incluso en el país más rico del mundo: en Estados Unidos son los niños quienes sufren las consecuencias. Un equipo de investigación indicó recientemente que, si persisten los actuales modelos de consumo, los niños norteamericanos de hoy vivirán cinco años menos, debido a las enfermedades relacionadas con la dieta a las que estarán expuestos en el transcurso de sus vidas.En cuanto consumidores, se nos incita a pensar que un sistema económico basado en la elección individual nos salvará de los males comunes del hambre y la obesidad. Sin embargo, es precisamente la "libertad de elección" la que ha incubado estos males. Aquellos que pueden dirigirse al súper se quedan pasmados ante la posibilidad de escoger entre cincuenta marcas de cereales azucarados, media docena de tipos de leche que sabe a tiza, estantes de panes tan saturados de productos químicos que nunca se pudrirán y estantes repletos de productos cuyo ingrediente principal es el azúcar. Por ejemplo, los niños británicos tienen la posibilidad de escoger entre veintiocho marcas de cereales para el desayuno cuyo marketing está dirigido directamente a ellos. El contenido de azúcar de veintisiete de éstos excede las recomendaciones del gobierno. Nueve cereales para niños tienen un contenido de azúcar del 40 por ciento. Así pues, no es para nada sorprendente que en Reino Unido el 8,5 por ciento de los niños de seis años y más de uno de cada diez chicos de quince años sean obesos. Y los niveles están aumentando. El ejemplo de los cereales para el desayuno es un signo de un rasgo sistémico más amplio: las corporaciones que producen alimentos tienen todos los incentivos para vender comida sometida a un procesamiento que la hace más rentable, aunque menos nutritiva. Por cierto, esto también explica por qué hay a la venta muchas más variedades de cereales para el desayuno que de manzanas.Nuestras opciones tienen límites naturales. Por ejemplo, la gente está dispuesta a comer un número limitado de frutas, hortalizas y animales disponibles en la naturaleza. Pero incluso en este caso, un poco de publicidad nos puede persuadir a expandir el alcance de nuestras opciones. Pensemos en el kiwi, que hace mucho era conocido como la grosella china: para adecuarse a los prejuicios de la guerra fría la empresa de Nueva Zelanda que lo lanzó al mercado a finales de los años cincuenta le cambió el nombre. Era un sabor con el que nadie se había criado, aunque ahora parece que siempre haya existido. Y mientras agregan lentamente nuevos alimentos naturales a nuestros menús, la industria alimentaria suma todos los años decenas de miles de nuevos productos a los expositores, algunos de los cuales se convierten en elementos indispensables hasta tal punto que, después de una generación, no se puede pensar en vivir sin ellos. Esto es un signo de cuán limitada puede ser nuestra imaginación gastronómica, y también de que no estamos totalmente seguros de cómo, de dónde o por qué ciertos alimentos llegan a nuestra mesa.
Por :por Raj Patel


La década perdida: ¿y tu sexenio, apá?



Mario Di Costanzo Armenta, La Jornada
Debo confesar que tuve que meditar mucho sobre el tema al que dedicaría el artículo de hoy, pues a pesar de que reconozco que el asunto petrolero es y debe ser la prioridad en estos momentos para todos nosotros, no pude evitar escandalizarme ante las omisiones del ex presidente Carlos Salinas de Gortari en su libro titulado La década perdida, sobre todo en lo que se refiere al episodio conocido como el rescate bancario o el Fobaproa-Ipab.
Señalo lo anterior porque, a pesar de que en el texto de Carlos Salinas abundan las referencias al libro titulado “El saqueo a los mexicanos: entender el rescate bancario para impedir otro Fobaproa” cuyos autores somos tanto un servidor como mi entrañable amigo Jorge Francisco Moncada, el señor Salinas omitió referir un capítulo que lo ubica como el gran responsable de este “saqueo a los mexicanos”.
Por ello, al final, lo importante no es que coincida con la conclusión de lo que fué el Fobaproa-IPAB, sino que se niegue a aceptar su grave responsabilidad en este saqueo, que por cierto fué resultado de una privatización.
De esta manera, el “texto demoledor” al que Salinas alude tantas veces en referencia a nuestra investigación sobre el rescate bancario, en su capítulo titulado “La reprivatización según Sa(n)linas” establece, entre otras cosas, lo siguiente:
En 1988 el gobierno salinista inició un proceso denominado reforma financiera, para implantar las bases de la liberalización y la modernización del sistema. Para ello, se apoyó en un gabinete económico que integraron los llamados “hijos pródigos del neoliberalismo”: funcionarios como Pedro Aspe, Guillermo Ortiz Martínez, José Ángel Gurría o Ernesto Zedillo.
Así, en 1990 modificó los artículos 28 y 123 de la Constitución, suprimiendo la exclusividad del Estado en la prestación del servicio de banca y crédito. En 1992 y 1993 reformó diversos ordenamientos legales que regulaban al sector.
Y el 5 de septiembre de 1990 se publicó el acuerdo presidencial que estableció los principios básicos del proceso para la desincorporación de las sociedades nacionales de crédito, así como sus objetivos prioritarios.
De esta manera, en 1991 se inició la reprivatización formal del sistema de banca múltiple para promover una economía abierta.
Las autorizaciones de bancos se licitaron al mejor postor y en las bases de desincorporación se establecieron medidas para evitar la concentración en pocas manos y para garantizar la participación de capitalistas grandes, pequeños y medianos.
Además, expresamente se ordenó que “el Consejo de Administración de las instituciones (desincorporadas) debía estar integrado por personas de reconocida honorabilidad, que contaran con amplio conocimiento y experiencia en materia financiera y administrativa”.
La reprivatización se concretó en un lapso de 13 meses y según Salinas el gobierno federal recibió por ella “39 mil 711 millones de pesos (y) como en el resto de las privatizaciones, los recursos obtenidos también se destinaron íntegramente al fondo para el pago de la deuda interna”.
Pero lejos de garantizar que los bancos quedaran en manos de quienes conocían a fondo el negocio bancario, el acuerdo del 5 de septiembre de 1990 sirvió más bien para la reafirmación de que las reglas son para romperse: empresarios, dueños de casas de bolsa e inversionistas inexpertos en el sector terminaron controlando la banca reprivatizada.
Se licitaron 18 bancos, cuyos precios alcanzaron hasta 5.3 veces más que su valor en libros y representaron utilidades para el gobierno por casi 12 mil 500 millones de pesos.
Pero resultó evidente la falta de apego a las condiciones que impuso el mismo gobierno para garantizar un proceso adecuado, puesto que desde que se anunció la reprivatización de los bancos, destacaron entre los interesados grupos financieros representados por 11 casas de bolsa y siete agrupaciones particulares: los compradores estaban principalmente relacionados con sectores empresariales e industriales a los que las casas de bolsa sirvieron como intermediarias para comprar los bancos.
Por eso en la mayoría de los casos los compradores carecían de experiencia financiera o crediticia y de conocimiento técnico suficiente para realizar sanas prácticas bancarias, lo cual provocó a su vez que resultaran incapaces de contratar equipos de administración eficientes.
Así, prácticamente de la nada, saltaron de lleno al negocio neobanqueros como José Madariaga Lomelí, Julio César Villarreal, Jorge Lankenau Rocha, Hugo Villa Manzo, Carlos Cabal Peniche o Isidoro Rodríguez Sáez, entre otros.
Lo peor, sin embargo, trascendió con el paso del tiempo ya que luego se supo que en muchos casos gran parte de la compra de bancos se financió con recursos que prestaron otros bancos ya privatizados, como sucedió en lo relativo a Inverlat, Banco Unión o Banco Internacional.
Por lo que ahora se sabe que desde un principio las instituciones desincorporadas no tuvieron una sólida capitalización: fueron negocios que se echaron a andar con capital de papel (dinero prestado) y de saliva (mediante acuerdos verbales).
Esto originó que a la postre, la crisis bancaria fuese más grave y profunda de lo que hubiese sido si en la reprivatización de la misma no hubiera existido corrupción, tráfico de influencias y favoritismos.
Al final, lo más preocupante es que quien sentó las bases para generar una década perdida sea ahora quien elogia a Felipe Calderón y a su reforma energética.