Mostrando entradas con la etiqueta psiquiatria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta psiquiatria. Mostrar todas las entradas

martes, 4 de agosto de 2009

Wikipedia y el test de Rorschach

Hace algún tiempo que las láminas con las manchas de tinta del famoso test de Rorschach se han publicado en la célebre enciclopedia virtual Wikipedia, siendo accesibles para todos los internautas (el copyright que pesaba sobre el material expiró y se convirtió en dominio público). Esto molestó a algunos psicoterapeutas, pero las protestas se han alzado masivamente cuando un contribuyente desinteresado al proyecto Wikipedia, el Dr. James Heilman, publicó también en la misma página las respuestas más comunes a cada lámina. ¿Tenéis curiosidad? Bien, gracias a esta aportación podemos saber, por ejemplo, que en la lámina 2 la mayoría de las personas ve dos figuras humanas, o que en la lámina 8 es habitual reconocer las siluetas de dos "animales rosas". ¿Alguien lo habría imaginado si no nos lo dicen antes? Ciertamente no parece un dato como para escandalizarse.
A pesar de lo poco sorprendente de esta nueva información, un reciente artículo en The New York Times ha llevado a la palestra la protesta enérgica de los profesionales por la publicación de estos conocimientos, encendiendo todavía más la polémica (ojo, que ya tenemos reacciones en la red, como ésta y esta otra). Según el autor de la columna de The New York Times, de cuya parte dicen estar un buen número de psicólogos y psicoanalistas en EEUU, publicar estas "respuestas más comunes" equivale a dar todas las pistas para hacer trampas en el test. Uno de los psicoterapeutas participantes en la Wikipedia anglófona llegó a replicar que con la publicación de las láminas no se está haciendo "otra cosa que dañar la investigación científica".
Pero, ¿la están dañando realmente?
Las láminas de Rorschach, creadas hace más de 80 años por el terapeuta suizo del mismo nombre, constituyen un test de tipo proyectivo. En un post anterior se mencionó en qué consisten los tests proyectivos, cuyo trasfondo teórico está muy ligado a las teorías psicoanalíticas de Freud. En pocas palabras, en una prueba proyectiva se presenta al paciente un material ambiguo, sin una estructura evidente, como unas manchas de tinta, o una historia a medio completar, y la tarea de quien va a ser evaluado consiste en interpretar ese material de partida: buscar un significado en las manchas, completar la historia, hacer un dibujo de un objeto... En ese proceso, según el psicoanálisis, se ofrece una vía de escape muy accesible para los contenidos del inconsciente, a través de un mecanismo de defensa llamado "proyección". Esto se traduciría (según la teoría psicoanalítica) en que aquellas personas con las mismas patologías o rasgos de personalidad deberían coincidir a la hora de dar estructura a los materiales, es decir, deberían ver los mismos objetos en las manchas, contar el mismo tipo de historias, etc.
Si el propio mecanismo de proyección y la teoría psicoanalítica en general no han sido empíricamente demostrados, la validez diagnóstica de los tests proyectivos también está en entredicho, y esto es algo que se menciona en el polémico artículo de la Wikipedia. Para la ciencia, no está tan claro que se puedan diagnosticar o predecir rasgos personales a partir de la interpretación de unas manchas de tinta. Como, por otra parte, nos dicta el sentido común, ¿verdad?
Mencionaré este trabajo que tenéis disponible en la web de Scientific American Mind (Lilienfeld, Wood y Garb, 2005), en el que se documenta, entre otras cosas, cómo dos terapeutas expertos pueden llegar a diagnósticos muy diferentes a partir del examen de resultados idénticos, o cómo el test de Rorschach es incapaz de identificar un porcentaje razonable de casos de depresión y trastornos de ansiedad. También me deja atónito el resultado de un estudio (Shaffer, Erdberg y Haroian, 1999) en el que psicoterapeutas expertos, utilizando el Rorschach, llegan a la inaceptable conclusión de que 1 de cada 6 participantes en una muestra de 123 sujetos sanos es esquizofrénico (¡increíble!). Mucha más información y referencias a vuestra disposición en Lilienfeld, Wood y Garb (2000), y un análisis escéptico en esta web. Ciertamente, todo este material ya daría por sí solo para un post.
Pero no quiero dedicar el post actual a desmontar la idea (¿el mito?) de que los tests proyectivos funcionan como herramientas de diagnóstico. Me interesa reflexionar sobre qué es lo que ha molestado tanto a los psicólogos que han alzado su voz contra la publicación de datos aparentemente tan triviales en una página web. ¿Qué es lo que temen realmente? Analicemos alguno de los argumentos que se han esgrimido para denunciar con energía este "atropello".
En primer lugar, llama la atención la virulencia con la que han saltado algunos profesionales de la psicología precisamente ahora. Antes de la publicación de las láminas en Wikipedia, cualquiera que quisiera hacer trampas o engañar al psicoterapeuta tenía a su disposición docenas o cientos de libros en los que el test es despiezado al detalle. Los mismos manuales que los estudiantes de psicología utilizan en sus clases servirían a tal efecto. Basta con ir a una biblioteca o librería... ¿la diferencia evidente? El kit del test de Rorschach cuesta, en EEUU, unos 185 dólares, mientras que la Wikipedia es gratuita, accesible y masivamente visitada por millones de internautas. No me extraña que los representantes de la firma editorial que distribuye el test hayan amenazado con una denuncia a los responsables de Wikipedia, que por otra parte seguramente no prosperará. He ahí una parte del problema: se está divulgando gratuita y masivamente un conocimiento que cualquier persona interesada podía obtener sin dificultad hasta ahora... pero pasando por caja. Todo parece indicar que bajo la polémica existe una lucha por el control de la información, pero además los intereses económicos son evidentes en este asunto.
También tengo algo que comentar al respecto de esos supuestos peligros en el campo diagnóstico, es decir, la proliferación de los sujetos tramposos, por ejemplo. ¿Cómo va a confiarse en un diagnóstico o en una prueba de personalidad ahora que cualquiera puede contemplar las manchas de tinta previamente al examen? La misma persona que subió las láminas a la Wikipedia, el Dr. Heilman, da con un ejemplo equivalente, el test de Snellen, empleado en los tests de agudeza visual (por ejemplo, en los exámenes médicos y psicotécnicos). La lámina de Snellen es pública (está accesible en Wikipedia) y cualquiera podría aprenderse de memoria todas las líneas de la misma, de forma que podría trampear sus respuestas fingiendo una capacidad visual de águila. ¿Saltaron los oculistas por este despropósito? Lo desconozco, pero permitidme que lo dude. Aquí hay algún interés más.
Por cierto, no me queda claro cómo puede dañar tan gravemente al diagnóstico el mero hecho de complementar la publicación de las láminas con las respuestas más habituales a las mismas.
Existe una solución obvia. ¿Por qué no, simplemente, se crean láminas nuevas que sean inéditas? En los tests proyectivos esto es algo que no debería ser difícil, basta con inventar materiales (manchas de tinta) sin estructura unívoca y con ambigüedad suficiente. Pero los psicoterapeutas ofendidos por la publicación de las láminas y sus respuestas más comunes se cierran en banda a esta posibilidad. Arguyen que las diez láminas que componen el test actualmente (las mismas desde su invención en los años 20 del siglo pasado) cuentan con mucha investigación que las avala y un cuerpo de datos enorme para sacar conclusiones fundamentadas, y que por lo tanto no es deseable construir materiales nuevos, que necesitarían muchos años de investigación para ser utilizadas con la misma efectividad que las actuales. Dejando a un lado que esta "efectividad" es, desde el punto de vista científico y riguroso, más que dudosa (como comenté arriba), el argumento no deja de parecerme bastante pueril porque, si se aplicase en rigor, entonces no estaría justificado inventar ninguna técnica nueva en absoluto, ningún nuevo test: al fin y al cabo, nada más inventada una técnica nueva, la investigación en torno a ella será necesariamente escasa comparada con las técnicas precedentes.
Cuando he conocido esta polémica inmediatamente he recordado la reacción de las autoridades (especialmente religiosas) y de los poderosos ante adelantos indiscutibles como la imprenta. Para los iniciados en un arte cuyos conocimientos se han mantenido en el secreto de su gremio, es intolerable que quienes no son miembros del grupo tengan acceso a dichos conocimientos, y especialmente si es a cambio de nada. Salvando las distancias con este ejemplo, ¿no se ensañan los ilusionistas con quienes, desde dentro de la profesión, divulgan los trucos de magia (se dan casos de amenazas graves)? Me parece que a muchos psicólogos les interesa conservar bajo llave su "arte", como un secreto reservado a unos pocos privilegiados que harán negocio de él. Ésta es una actitud poco científica que nunca compartiremos los autores de una web divulgativa como Psicoteca.
¿De qué tienen miedo? Bien, el conocimiento profundo de una materia es la clave para comenzar a examinarla críticamente y con libertad. Será ahora, cuando la gente de a pie empieza a estar al tanto del funcionamiento deficiente de muchas técnicas calificadas de "infalibles", que entre la multitud comenzarán a alzarse espontáneamente voces críticas. Prestemos atención a quienes se muestran escépticos: ¿Acaso el emperador está desnudo y nos lo están señalando con el dedo?

Referencias
Lilienfeld, S., Wood, J., & Garb, H. (2000). The Scientific Status of Projective Techniques Psychological Science in the Public Interest, 1 (2), 27-66 DOI: 10.1111/1529-1006.002 (PDF disponible)
Lilienfeld, S. O., Wood, J. M., y Garb, H. N. (2005, Abril). What's wrong with this picture? Scientific American Mind, 80-87. (Artículo disponible aquí)
Shaffer, T., Erdberg, P., & Haroian, J. (1999). Current Nonpatient Data for the Rorschach, WAIS-R, and MMPI-2 Journal of Personality Assessment, 73 (2), 305-316 DOI: 10.1207/S15327752JPA7302_8

Via:psicoteca
Crédito de las imagenes: Wikimedia Commons

jueves, 18 de junio de 2009

Niños que tienen amigos imaginarios se comunican mejor y son más creativos

El primer estudio, de la U. de La Trobe, en Australia, consultó a 330 universitarios sobre si recordaban tener un amigo ficticio en su niñez. El 30% de ellos recordó esa compañía, los que mostraron mayores habilidades creativas, mejor comunicación y empatía que quienes no la recordaban. Otra investigación, de la U. de Manchester, en Inglaterra, indagó en el rol de esas figuras en 44 niños entre cuatro y seis años, con y sin amigos imaginarios, de los cuales el 50% admitió tener un amigo ficticio invisible o personificado en un juguete, como un oso de peluche. A todos les pidieron describir imágenes de un libro, y los que tenían amigos imaginarios, mostraron mayor vocabulario. Anna Roby, sicóloga de la U. de Manchester, indica la presencia de los amigos imaginarios se relaciona, además, con más entendimiento social y creativos. Figuras que, además, eran comunes en hijos únicos y primogénitos.
La dinámica de un compañero ficticio no se presenta en todos los niños, indica Evan Kidd, sicólogo de la U. de Latrobe. A los que se les permite explorar el mundo de un modo lúdico, como un amigo imaginario, pueden crear sin límites y convertirse en "el escritor, productor, director y actor de su propio juego", dice Kidd. Son niños con mucha práctica en la invención de interacciones, lo que facilita el desarrollo de sus habilidades de conversación y creatividad. "Es una forma diferente de relación a la que se da con verdaderos amigos. Acá crean no sólo el diálogo por sí mismos, sino también el de su amigo imaginario", aclara Kidd.
El 65% de los niños tienen un amigo imaginario. Sin embargo, muchos adultos no recuerdan esa experiencia, explica Andrea Bravo, sicóloga de la Facultad de Medicina de la U. de Chile. Es un fenómeno característico de la edad del juego desde los dos a seis años, frente al cual los padres no deben asustarse.
Es una interacción normal que tiene como principal función la práctica de habilidades sociales básicas. "Por eso tienden a desaparecer en los primeros años de colegio, cuando tienen más contacto con pares y el pensamiento da un salto y es más crítico", dice Bravo.

martes, 12 de agosto de 2008

Científicos diseñan ratones resistentes a la obesidad

Los investigadores han desarrollado una cepa de ratones resistentes a la obesidad inducida por la dieta.
Los hallazgos podrían llevar a posibles tratamientos farmacológicos para la obesidad en los seres humanos. También aclaran un poco el mecanismo cerebral que controla la homeostasis de energía, el equilibrio entre la cantidad de energía (es decir, la comida) que ingiere un animal y la rapidez con la que quema esa energía.
El Dr. Julio Licinio, profesor de psiquiatría y ciencias conductuales de la Facultad de medicina Miller de la Universidad de Miami, consideró que la investigación era una "hazaña tecnológica".
El Dr. Bradford Lowell, profesor asociado de la facultad de medicina de la Universidad de Harvard, fue el líder del estudio, que se publicó en línea el 10 de agosto en la revista Nature Neuroscience.
Según Qingchun Tong, autor líder del estudio, la mayor parte de la investigación sobre la homeostasis de la energía ha consistido de lo que los científicos llaman neuropéptidos genéticamente codificados, en lugar de pequeños neurotransmisores moleculares.
"Se ha postulado que [los neurotransmisores] tienen una función muy importante en la neurocomunicación, pero en este campo, esencialmente no se han realizado estudios críticos para evaluar este aspecto", señaló Tong. "Entonces, organicé un experimento para crear un modelo animal en el que un grupo particular de neuronas cerebrales no liberarían un pequeño neurotransmisor y, al examinar esos modelos animales, pude conocer la función de esas moléculas".
Tong y Lowell se concentraron en un neurotransmisor particular llamado acido gamma aminobutírico (AGAB), Desarrollaron ratones transgénicos (mutantes) que no tenían la capacidad para liberar AGAB en un subconjunto de neuronas del hipotálamo, la región del cerebro que controla procesos como el hambre, la sed y la temperatura corporal.
Con una dieta normal, los ratones normales y mutantes pesaban más o menos lo mismo aunque los mutantes pesaban un poco menos. Sin embargo, con la dieta rica en grasa, los mutantes aumentaron sustancialmente menos de peso que los normales, aunque ambos grupos consumieron aproximadamente la misma cantidad de comida. Según los investigadores, la razón es que los ratones mutantes estaban quemando energía a mayor velocidad.
"Hallamos que los ratones que no liberaban AGAB de las neuronas de PRA tienen mayor gasto energético y son resistentes a la obesidad relacionada con la dieta", señaló Tong.
Estos ratones transgénicos también eran resistentes a los efectos de la grelina, una hormona que controla el apetito. Cuando los ratones normales recibieron grelina, su consumo de alimentos aumentó. Entre los ratones mutantes, sin embargo, el efecto fue reducido, aseguró Tong.
Finalmente, los investigadores aclararon un poco las redes neuronales que controlan la homeostasis de energía. Hallaron que otro grupo de neuronas del hipotálamo, llamadas neuronas de proopiomelanocortina (POMC) reciban la señal de AGAB de las neuronas de PRA.
"La función de las neuronas de PRA probablemente sea preservar la energía para conservar la vida", aseguró Tong. "Entonces, cuando al animal le faltan alimentos, debe contar con algún mecanismo para conservar la energía. Este grupo de neuronas, al segregar AGAB, reducen el gasto energético y mantienen suficiente energía para sobrevivir en condiciones en la que la que los alimentos escasean".
Según Licinio, estos hallazgos recalcan la importancia del neurotransmisor de AGAB para regular la relación entre la comida consumida y la energía gastada. "Me parece que la función del AGAB en la obesidad es mucho más relevante de lo que se pensaba anteriormente", dijo.
Por supuesto, como todos los estudios con animales, queda por verse si los hallazgos se pueden repetir en los seres humanos.
Por Jeffrey Perkel

martes, 10 de junio de 2008

Estamos psiquiatrizando el mundo para resolver infelicidades?


Según dicen los expertos vivimos en la 'postmodernidad', una nueva era con rasgos especiales en aspectos sociales, económicos, artísticos y políticos, superadora de la modernidad. Si aquella fue la era de las grandes guerras, las vanguardias artísticas y las movilizaciones ciudadanas, la postmodernidad representa el triunfo del individualismo, el consumismo, el hedonismo, la comunicación y la hipervelocidad, que nos llevaron a soñar que finalmente lograríamos salud, bienestar y felicidad para todos 'en el año 2000'.

Pero también esta es la era de la velocidad, el estrés y la soledad, en la que las múltiples ofertas y posibilidades sólo están al alcance de unos pocos. Es una etapa conflictiva y contradictoria, en la que, según dicen algunos, han sucumbido las grandes instituciones 'aseguradoras' humanas, como la familia, el club, el barrio, el pueblo, la patria o la religión.

La vida es dinámica, plural, innovadora, desencantada, controvertida, contradictoria, formalista, publicitaria, ansiosa e insatisfactoria. Todo dirigido por el hipermercado global, la publicidad y la moda. Las dos grandes normas de hoy día son: lo que no sale en la tele no existe y todo está en los hipermercados.

Ahora bien, ¿realmente eso produce trastornos psíquicos?, ¿ha aumentado la frecuencia o gravedad de éstos? La verdad es que las respuestas científicas a esas preguntas aún son inseguras.

Personalmente opino que somos más altos, más guapos, más modernos, más hedonistas, más narcisistas, más egoístas que nunca. Pero también más volubles, inestables, estresados, desasosegados y vulnerables a los acontecimientos incómodos de la vida.

Por ejemplo, la publicidad crea necesidades y deseos irreales, que apenas satisfechos dejan de paso a nuevos deseos, necesidades e insatisfacciones. Todo eso tiene que afectar a la salud mental. Aumentan el estrés, la ansiedad, las depresiones, y aparecen nuevos síndromes y adicciones, al tiempo que se incrementan las demandas en los servicios de salud mental.

En la actualidad la primera causa de baja laboral son los llamados 'trastornos de adaptación', es decir, incapacidades para enfrentarse y resolver los problemas de la vida. Pero, ¿realmente son enfermedades?, ¿hay que diagnosticarlas y tratarlas? En esto tampoco hay acuerdo científico, pero lo cierto es que la gente acude pidiendo ayuda por 'sufrimientos', 'incapacidades' y 'necesidades', y algo hay que hacer por estas personas.

Lo que hace furor es todo lo que empiece por 'psico': psicofármacos, psicoterapias, psicolibros de autoayuda, psico-relax, etc. Quizás estemos considerando como enfermedades lo que sólo son 'trastornos del malvivir postmoderno'.

Pero, ¿usted que opina? ¿Qué debemos hacer con las personas que consultan por esos 'trastornos del malvivir'? ¿Les decimos que apaguen la tele, que no atiendan a la publicidad y no vayan al hipermercado, o les des damos un diagnóstico, un tratamiento y una baja laboral? ¿Cree que los psiquiatras estamos 'empastillando' el mundo para resolver enfermedades inexistentes? ¿Qué haría usted con usted mism@ en tales circunstancias?

Via:http://www.elmundo.es/elmundosalud/blogs/saludmental.html

martes, 4 de marzo de 2008

Haciendose el loco


Un día, en 1972, al doctor Rosenhan se le ocurrió una extraña idea. Llamó por teléfono a ocho amigos y les preguntó si tenían algo que hacer durante el próximo mes. Cuando Rosenhan les explicó lo que se proponía, todos dejaron de lado su agenda, sus trabajos y sus vidas familiares y respondieron que no. No tenían nada que hacer en absoluto durante el próximo mes.

La semana siguiente fue extraña para David Rosenhan y sus ocho amigos. Ninguno de ellos se duchó, afeitó, depiló ni lavó los dientes. Además, es probable que el experimento que se proponían llevar a cabo los estuviera poniendo bastante nerviosos. Por fin, una mañana, se levantaron de la cama y se vistieron con ropa manchada o vieja. Salieron de sus casas y se dirigieron, cada uno de ellos, a un hospital psiquiátrico con servicio de urgencias. Eran hospitales de todo tipo, desde los más lujosos a los más baratos. Hospitales psiquiátricos repartidos por todos los Estados Unidos.

Cuando fueron atendidos solo mintieron en su nombre y en su residencia. El resto de datos que proporcionaron eran completamente ciertos. Por fin, en todos los casos, en todos los hospitales, el médico les hacía la pregunta crucial.

-¿Por qué está usted aquí, señor?

-Oigo voces -respondían todos.

-¿Voces? ¿Y qué dicen?

- ¡Zas! -respondieron todos

Rosenhan estaba convencido de que la psiquiatría tenía problemas graves. En los años setenta hablar de psiquiatría era casi sinónimo de hablar de psicoanálisis. Y éste tiene más de filosofía -siendo amables- que de ciencia. Licenciado en psicología y en derecho, Rosenhan se dispuso a preparar un experimento con el que averiguar la fiabilidad de los diagnósticos psiquiátricos: infiltrar un grupo de falsos pacientes. Las instrucciones que dio a sus amigos fueron bien simples. Solo debían mencionar las voces imaginarias en el momento de su ingreso. Inmediatamente después de ingresar, aquellos que ingresaran, debían decir que ya estaban bien. Lo único que tuvieron que ensayar antes del experimento era como esconder pastillas bajo la lengua.

A todos ellos se les diagnosticaron enfermedades graves: esquizofrenia paranoide y psicosis maniacodepresiva. Todos ellos fueron ingresados. Los psiquiatras que los trataron explicaron su locura en base a las experiencias personales de cada uno de ellos. En todos los casos, para los médicos que diagnosticaron a los falsos pacientes, sus problemas eran consecuencia de sus experiencias personales. Un único y absurdo síntoma, ¡Zas!, era explicado igual en un grupo de pacientes completamente diferentes.

Una vez ingresados todos los participantes en el experimento se comportaron de forma completamente normal. Dijeron a los médicos que ya estaban bien. Que ya no escuchaban las voces. Eran educados, comían y, en teoría, tomaban su medicación, un montón de pastillas que ocultaban bajo la lengua y luego escupían en el váter. Sin embargo todos permanecieron ingresados una media de 19 días, 7 días el que menos y 52 el que más. Todos fueron dados de alta por “una buena reacción al tratamiento y una remisión de los síntomas”

Ni los médicos ni las enfermeras se dieron cuenta de que sus pacientes estaban completamente sanos. Los locos sí. Uno de ellos le dijo a Rosenhan: “Tú no estás loco. Eres periodista o profesor” Y otro: “Estás espiando el funcionamiento del hospital”
En 1973 Rosenhan publicó un artículo en la revista Science sacando a la luz su experimento y dejando a la psiquiatría con el culo al aire. Se títulaba “On Being Sane in Insane Places” (Estar cuerdo en sitios de locos) y con él, Rosenhan se ganó el desprecio de multitud de psiquiatras.

Un hospital negó la validez científica del experimento y aseguró la completa eficiencia de su servicio de urgencias. Lanzaron un reto a Rosenhan: durante los tres meses siguientes debía enviar uno o más pacientes falsos al hospital y éste se comprometía a detectarlos con facilidad. Sus psiquiatras no erraban en los diagnósticos. Rosenhan recogió el guante. Los resultados no pudieron ser más favorables para el hospital ya que sus psiquiatras detectaron con suma facilidad y sin género de duda a 41 impostores. Sin embargo, Rosenhan no había mandado a nadie... Habría sido interesante contemplar las caras de los psiquiatras cuando conocieron esto, así como saber que fue de los pacientes que, con algún problema grave (alguno habría entre los 41), fueron enviados a casa acusados de farsantes.

Spitzer, un importante psiquiatra psicoanalista fue uno de los críticos más duros con el trabajo de Rosenhan calificándolo de acientífico. Es curioso que un psicoanalista acuse a nadie de acientífico, pero Spitzer parecía llevar bien la contradicción. Confiaba por completo en los nuevos métodos de diagnóstico psiquiátrico recogidos en el DSM-III 1980 (Manual diágnostico y estadístico de los trastornos mentales), usado por prácticamente todos los psiquiatras de Estados Unidos y de Europa.

Sin embargo, el DSM no era ni tan riguroso ni tan científico como afirmaba Spitzer. La homosexualidad dejó de ser considerada una enfermedad mental en la edición de 1968(DSM-II) y lo extraño no es la fecha tan tardía, lo extraño fue que está decisión fue tomada mediante votación de los miembros de la Asociación Americana de Psiquiatras. Desde luego es un método muy democrático, pero de científico no tiene nada. ¿Alguien puede imaginarse a un grupo de físicos sometiendo a votación cual es la velocidad de la luz? ¿O la forma de la molécula de ADN?

Via:http://barcomasgrande.blogspot.com/2008/02/zas.html