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lunes, 17 de noviembre de 2008
sábado, 25 de octubre de 2008
México, un país de discapacitados morales
Deleitaba mi sentido gustativo con un sabroso té helado cuando salía de aquel enorme centro comercial. Pese a la lluvia que cayó esa mañana, el calor era sofocador, de esos que traen humedad y hacen que sudes y te sientas como mojado.Decía, salí del centro comercial -botecito de té helado en mano- cuando un minicooper rojo pasó frente a mí. Siendo esto algo común (que un auto pase delante de uno no es novedad) no tomé mayor cuidado y seguí mi camino, buscando entre las docenas de coches el capacete -descarapelado por años de exposición al sol y pocas lavadas- de mi auto Stratus. Había avanzado pocos metros cuando veo que el minicooper rojo se estaciona sobre las líneas azules de un cajón de estacionamiento destinado a las personas discapacitadas (que ahora elegantemente llamamos “de capacidades diferentes”).
Conforme me acerco a mi auto, me veo en la necesidad de pasar justo detrás del cooper. La puerta se abre y desciende un tipo en aparente perfecto estado de salud. Por un momento, nuestras miradas se cruzaron, yo inmediatamente busque en él algún defecto, la falta de una pierna, una mano “cuchita” o algún ojo de vidrio.
Nada.
El tipo cerró con firmeza la portezuela del auto y finamente accionó la alarma de su bien cuidado auto, no como el mío, que sinceramente era un remedo de auto, comprado de segunda me había aguantado un par de viajes a Acapulco, una ida a Querétaro y el diario ajetreo de la ciudad. Pobre, le sonaba hasta la tarjeta de circulación.
Busqué algún engomado para saber si el auto estaba registrado para alguna persona discapacitada (perdón, con capacidades diferentes), y no. Ni pegatina, ni placas especiales.
Caminé despacio para ver si alguien se bajaba de aquella unidad, pero no, el tipo venía solo.
Le observé bien, impecablemente vestido, pantalón de mezclilla de marca, camisa desfajada... pero qué diablos, es domingo... Tenis de marca, lentes oscuros, corte de pelo moderno... un clase mediero alzado soberbio a más no poder.
-Oye amigo– no sé ni cómo me atreví a increpar al buen amigo que lentamente caminaba rumbo al centro comercial con celular en mano.- Este lugar es para discapacitados– comenté al tipo y noté que bajaba la voz al decir la palabra “discapacitados”.
El muchacho bajó su mano, que ya tenía a la altura del oído con el mini aparato listo para entablar conversación a distancia. Por un momento me miró, como buscando alguna cámara, como en esos programas de cámara escondida, o tal vez esperando alguna muestra de autoridad de mi parte, no sé, que sacara alguna placa de policía, o por lo menos algún gafete de guardia de aquel centro comercial.
La verdad, no parezco guardia, ni por el físico ni por la actitud, más bien mi presencia asemeja más a algún vendedor de enciclopedias o testigo de Jehová, esas personas que llegan a tu domicilio con corbata, maletín en mano y el atalaya en el pecho en pleno domingo a mitad del partido de fútbol.
Al ver que no representaba ninguna amenaza para él, recobró la postura, dio un paso para adelante. Pero el paso sólo fue para tomar más aire y de su boca, con voz potente, me gritó:
"¿Y a ti qué te afecta, pendejo?".
Via: autorneto
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